La increíble historia del matemático enamorado que consiguió su objetivo, e incluso cambiar su mundo, con un par…(de cuentas) por CONCHI ROMERO

A veces, las cosas no son lo que parecen. Otras, en cambio, sí.
Pero hay muchas veces en que vemos las cosas, los animales, las personas y no sabemos qué secretos esconden, ni cómo y por qué han llegado a ser lo que son.
¿Te has fijado alguna vez en los caracoles? Si una tarde de primavera, tras un fuerte chubasco, sales al campo o al parque podrás observarlos. A primera vista el caracol es un animal humilde y sencillo. Se mueve lentamente por las hojas de los arbustos y las hierbas. Va dejando a su paso una estela brillante que parece decirnos: Ven, este es el camino. Si acercas el dedo con cuidado, el caracol se esconde dentro de su concha. Siempre tranquilo, siempre pausado. No parece tener ganas de problemas. Disfruta a su modo de la lluvia y del sol. No hace ruido. Ocupa un lugar pequeñito dentro de esto que llamamos Mundo y, salvo que elija vivir en un huerto y alimentarse de las lechugas, no parece molestar a nadie.
Pero, ¿qué es lo más llamativo, lo más característico y lindo del caracol? Su concha, una espiral perfecta.

Hubo un tiempo muy muy lejano en que esta misma concha que hoy nos asombra estuvo a punto de dar al traste con todos los caracoles del mundo. Era una época terrible que incluso los caracoles quieren olvidar, pues les atormenta recordar cómo eran. Sólo los historiadores de los caracoles memoria de aquellos días y ellos los llaman “La era de la soberbia”.

Dicen que durante la Era de la Soberbia los caracoles eran mucho más desgraciados que ahora. Tenían, sin apenas darse cuenta, una vida miserable que malgastaban en comer, crecer, tener caracolitos y morir. Vosotros pensaréis que es una vida muy parecida a la que tienen ahora, sin embargo, ya dijimos que las cosas no siempre son lo que parecen.
El problema es que los caracoles de aquella época vivían angustiados. Desde que nacían se ocupaban en comer, comer, comer, sin descanso, sin disfrutar la comida, pues su único objetivo era crecer, crecer, crecer y así conseguir que su concha fuera la más grande de todas las conchas. Digámoslo sin rodeos: vivían para presumir. Si les sentaba mal la comida, no importaba, ellos seguían comiendo sin un minuto de descanso, pues cualquier minuto perdido era una espiral menos que añadir a su concha. ¿Qué dirían luego los demás caracoles? “Uff, qué concha tan pequeña, qué caracol tan perezoso, no me gusta nada, nada” En cambio, los caracoles que conseguían una concha enorme, tenían asegurada la descendencia, porque el resto del clan decía: “Qué preciosa concha tiene, qué guapo es, ojalá se fijara en mí para tener caracolitos juntos”.
Estaban tan obsesionados con el tamaño y la belleza de su concha, que no tenían tiempo para nada más a lo largo del día. Ni siquiera se daban cuenta de que cuanto mayor era su concha, más pesaba, más trabajo les costaba moverse, y que muchos de ellos -perdón por la crudeza de la historia- amanecían un buen día muertos, y nadie notaba que la muerte prematura se debía a que habían sido espanchurrados por el peso de su propia, grandiosa, preciosa e inútil concha.
Qué se le va a hacer, decían los demás caracoles. Aquí paz, y después gloria. El muerto al hoyo y el vivo al bollo. Enterraban al pobre caracol espanchurrado, un par de lagrimitas de pena, pobrecito, qué joven se ha ido al otro barrio, con lo guapo que era… y todos volvían otra vez a las andadas, comer, comer comer, con el único y fatal objetivo de presumir presumir presumir. Como cada vez se hacían más grandes y morían más jóvenes, cada vez tenían menos tiempo de tener pequeños caracolitos que se parecieran a ellos. La historia hubiera terminado cuando el último caracol presumido hubiera caído muerto espanchurrado bajo el peso de su propia concha, y no hubiera quedado nadie para contar la historia de los caracoles.
Pero, afortunadamente sucedió que, justo en aquel tiempo, nació un caracolito blanco, pequeñito y débil que se cansaba pronto de masticar la comida y que, en sus ratos libres, aprendió a contar. Al principio contaba pétalos de flores. Luego aprendió a sumar las diferentes especies de flores que había. Más tarde multiplicó el número de pétalos de un tipo de flor por el número total de flores del prado. Y así poco a poco se convirtió en matemático. Los números no tenían secretos para él. Era capaz de hacer cualquier tipo de operación de memoria (pues nunca tuvo dedos que le ayudaran a contar) y aunque se divertía mucho con esta actividad lo cierto es que le daba un poco de vergüenza y casi nunca contaba en público.
Un caracol amigo suyo pasó una vez junto a él diciéndole: Voy deprisa, tengo que comer mucho, acabo de enamorarme y necesito tener la concha más grande y más hermosa del mundo para que se fije en mí.
¡¡¡Ah, enamorarse!!!! Nuestro caracol matemático se sabía pequeño e insignificante y ni siquiera se atrevía a soñar con ese momento.
Al día siguiente su amigo pasó diciendo lo mismo: Voy deprisa, tengo que comer mucho, necesito tener la concha más grande del mundo si quiero que se fijen en mí.
Y al día siguiente, y al día siguiente.
Casi por costumbre el caracol matemático contó el número de vueltas que daba la espiral de su concha. Cada día las contaba. Cada día crecía la concha… pero -por algo nuestro caracol era un auténtico matemático- pronto notó que a medida que la concha crecía el caracol caminaba más lento. Un día se lo advirtió, pero el amigo replicó enfadado que siempre durante toda su vida le habían dicho que cuanto más comiera más fuerte estaría y esto le permitiría tener una concha mayor. Nadie le había advertido que la concha pesara más y le costara más trabajo moverse.
El día siguiente el caracol matemático le preguntó a su amigo: eh, ¿ligaste?
-sí, respondió este, pero estoy tan cansado que casi no puedo… – y sin terminar la frase se quedó dormido.
En cambio, el pequeño caracol matemático, aunque menos fuerte era más ligero. Por eso pudo estudiar, contar y hacer operaciones a lo largo y ancho del prado y al caer la tarde ya tenía una conclusión: crecer era bueno sólo hasta un tamaño determinado. Cuando los caracoles seguían creciendo y creciendo, pronto se cansaban y luego….El pequeño caracol miró por primera vez su propia concha, siempre había pensado que no era gran cosa y no le daba demasiada importancia, pero ahora mirándola bien caía en la cuenta… si daba una vuelta más él mismo dejaría de ser tan ligero como hasta ahora. Con dos no podría moverse y no quería ni pensar qué ocurriría después.
¿Qué haría?¿dejar de comer? Imposible, si dejaba de comer se quedaría sin fuerzas. ¿Entonces? Tenía que seguir comiendo como hasta ahora, lo justo y necesario, ni una sola briznita de hierba de más y lo más importante practicó y practicó para que su cuerpo parara el crecimiento de la concha. Estuvo toda la noche intentándolo y cuando amaneció ya tenía la solución: su concha crecería en espiral, sí, como todas las demás, pero por dentro y al revés. Desde la vuelta más grande hasta la vuelta más pequeña. No sería más hermoso por fuera, pero sería más fuerte por dentro.
Ahora solo faltaba contárselo a los demás, que todos lo comprendieran, que se olvidaran de la soberbia de ser bellos, y se concentraran en ser prácticos.
-Escuchadme todos, gritó el pequeño caracol
Pero sólo algunos lo hicieron, pues había otros demasiado ocupados en comer comer comer.
-Pero deja de comer, que te estoy hablando, le suplicaba a los más comilones.
-Habla, habla, que yo escucho, respondía alguno.
-Tenéis que aguantar la respiración y contar hasta… -indicaba nuestro caracol a los demás
-Uy, con este caracol que no se calla no puedo masticar a gusto, me voy -decían algunos
-Pero para qué hay que hacer lo que él dice? Yo no me entero de ná.
-Y qué es eso del tiempo libre que voy a tener si empiezo a comer menos…?
-Está diciendo cosas muy chungas, tengo miedo…
-Callarse ya, que no veo bien lo que dice y a mí me interesa mucho
Y así, unos más y otros menos lo fueron escuchando. Unos pocos, no muchos, llegaron a convencerse de la importancia que tenía frenar el tamaño de su concha. Los vecinos solían decir que eran muy feos. Otros hicieron chistes crueles y otros, sencillamente, los miraron con desdén. Pero poco a poco y gracias a la labor del caracol matemático, cada día fueron más. Disfrutaban de una vida tranquila, del sol y del viento, sin agobios por ser el más grande, sin envidias de los que eran más grande que él.
Y hoy todos los caracoles hacen exactamente lo que el caracol matemático les explicó. A pesar de todo son muy pocos los que recuerdan esta historia. Se ha perdido el lugar donde ocurrió y el nombre del caracol matemático. Pero estos datos no importan mucho, pues la auténtica hazaña la consiguieron entre todos los caracoles que frenaron el crecimiento de su concha un mismo día, y que son los responsables de que los caracoles sean los animalitos que hoy son.
Lo que sí conocemos es que un atardecer alguien se acercó al caracol matemático y le dijo:
-¿sabes? a mí también me gusta mucho contar…
-qué bien, respondió el caracol matemático, si quieres podemos quedar un día y contar juntos y…
-bueno, es que, verás… está cayendo la noche, y a mí, lo que más me gusta es contar estrellas. Están a punto de salir. ¿me acompañas?

Y colorín colorado, este cuento por fin ha empezado.

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